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domingo, junio 18, 2006 

DÉJALA IR CRIOLLITA

Te explico sobre el brillante porvenir que Mestiza quiere poner al alcance de tu hija, y en vez de alegrarte o de decirle a tu amigo que se encuentra contigo después de diez años: gracias, Tacho, por traerme esa grata noticia, me respondes que debo tener las pelotas de este tamaño para venir con toda la pachocha a hacerte una proposición de esa índole; que Mestiza debe haber perdido la chaveta para creer que por el simple hecho de que tu hija se llame Crisálida, vas a dejar que la convierta en una de esas mariposas nocturnas que recluta para sus canacas donde oficia de madama; y encima de eso, como si estuvieras nadando en la abundancia, me pides que le devuelva a Mestiza los billetes grandes que te envía en prueba de afecto y que le aconseje con las palabras más tiernas para que haga con ellos un precioso rollito y se los meta en el culo, pues debe saber que tu hija no está en venta para que pretenda comprarla, sino que se encuentra sirviendo a su madre que sudó el quilo para hacerla llegar indemne a esa edad seductora; y es que la hermosa Crisálida es un lirio que florece en el verdegal de la inocencia y se conserva tal como vino al mundo. Eso me respondes, y acompañas la faramalla con una escandalera mayúscula para hacerme comer crudo el cuento de la novicia que está haciendo voto de castidad en su hogar respetable; como si no fuera de dominio público que este cuchitril no es más que un bulincito casero de mujer sola y que a la ingenua Crisálida lo único que le falta es echarse dispuesta en la cama donde su pobre madre trabaja sacrificadamente, desnuda y con un empujante encima.

Todo eso lo sé, Criollita, por eso no me hacen ninguna impresión tus chillidos de gata ni las macanas que dices. Lo que me saca de quicio es que te emperres en negarte al progreso de tu hija, que en lugar de estar entregándose a todos los gallos del barrio sin recibir ni las gracias, debería estar sacándole provecho a su belleza en un sitio donde sepan pagarle a peso de oro la suerte de tenerla en sus brazos. Esa y no otra es la posición de categoría que le corresponde a Crisálida. Pero resulta que su biliosa madre se opone a que ella cambie a ese estilo de vida con el fin de guardarla para esos ganapanes que conforman su clientela y que andan pidiéndole a lágrima viva para que se anime de una vez a meterla en el oficio. Y antes que esa sirena blanca y de ojos garzos se venda a precio de oferta, Mestiza quiere enderezarle el destino sacándola de esta barraca de tablas para ponerla a trabajar en una de las cuarenta habitaciones de lujo del amplio local que vamos a inaugurar en breves días.

Ya te dije que es un hermoso chalet de dos plantas, situado a pocos kilómetros de la ciudad, en un lugar apacible y rodeado de áreas verdes que le dan el aspecto de una inocente casa de campo. A más de su discreta ubicación, de las comodidades que posee y que ya te enumeré en un comienzo, el chalet cuenta también con un jardín interior abierto a los vientos, adonde Crisálida podrá salir en sus ratos de ocio a respirar aire puro y a formular deseos de amor cuando vea por el cielo cruzar a los astros errantes; porque siquiera a eso tiene derecho esa muchacha con grandes condiciones para la vida alegre de clase alta, como dice Mestiza; y se ha expresado así, porque ella no te está pidiendo a tu hija para meterla en un callejón hediondo donde tendría que esperar a sus clientes, parada en la puerta del cuarto y mostrando la coroncha, sino para instalarla a toda bombolla en un lugar exclusivo, donde será elegida mediante el álbum de fotografías que pondremos a disposición de los habitúes en la sala de espera.

Ya te manifesté asimismo que Mestiza le va entregar a Crisálida un aposento decorado en azul y equipado con mobiliario completo, en el que destaca el elegante tocador con su espejo cuadrilongo, donde ella podrá mirarse a gusto su hermosa grupa de potranca y esas tetas espléndidas que sacará en breve tiempo, y nada más que de resultas del trabajo sencillo y reposado que va a desempeñar, con un horario que empieza en el crepúsculo y culmina en la medianoche, pues esa mujer magnánima que se llama Mestiza ha decidido que el local no cuente con bailadero para que las muchachas no tengan que estar trasnochando ni bebiendo licor antes de tener la edad suficiente.

Aparte de esas gangas que serían lo bastante atractivas para convencer a otra madre que no fuera tan dura de oídos, en nuestra casa tu hija tendrá la singular ocasión de refinar sus modales y de adquirir cultura, ya que allá va codearse con niñas extranjeras y que han visto mundo, las que se encargarán de instruirla en el trato de gentes y de paso le contarán en largos capítulos de sus viajes por tierras donde el sol es eterno para hacerla soñar despierta con paisajes exóticos y ciudades blancas erigidas al borde del mar. Y he dicho niñas, porque conforme te manifesté hace media hora, nuestra casa no albergará a momias ambulantes ni a ninguna vulgar trotacalles, sino únicamente a ninfas sabrosas y de carnes pétreas, entre las cuales la más veterana tendrá veinte años lozanos y llenos de un candor que empezarán a perderlo apenas las pongamos de alumnas de una experta en asuntos de alcoba, quien, en estrecha colaboración con un macho insaciable, se encargará durante siete noches en darles lecciones prácticas para afinarles las posturas en las diferentes variantes que existen para hacer el amor; para que así los clientes que se refocilen con ellas, se vayan felices, saltando como monos del gusto de haber estado con una hembra que domina todas las movidas por el revés y el derecho.

Y con la numerosa clientela que llegará atraída por la fama de paraíso eró-tico que ganará prontamente el negocio, la profesión le será tan rentable a tu hija, que después de pagar su alimentación, el alquiler diario del cuarto, el desgaste por uso frecuente en el esmaltado del bidé y las lentas quebraduras que va a ocasionar con sus meneos en la armadura del lecho; su cuota de sacrificio para pagar el generoso silencio del señor prefecto y el ramo de orquídeas que se remitiremos mensualmente a su digna esposa; la parte proporcional que le toca en el consumo de luz de los catorce faroles coloniales que iluminan la fachada y el ámbito interno; en el salario de la mujer de la limpieza y del mandadero, y en otros gastos corrientes que se me olvidan, a Crisálida le sobrará tanto dinero que podrá jubilarse en dos años, es decir, cuando tenga diecinueve años radiantes y tan levemente usados, que podrá reintegrarse a sus ilusiones de adolescente sin ningún cargo de conciencia que le haga perder el sueño.

Y no sólo eso, Criollita, sino que mucho más antes que piense en su voluntario retiro, le puede caer de suerte un machucho dueño de bienes raíces y de un corazón permeable al amor que la podría sacar del negocio para llevarla por uno de los treinta y dos rumbos en que se divide el horizonte de la felicidad. Y ni siquiera con la imaginación más afiebrada lograrías adivinar la vida muelle que el propietario le daría a tu hija. Sin embargo, si no te cautiva la idea de verla casada con un vejete por más que sea jarifo, puedes ejercer tu derecho de madre y obligarla a que continúe en el sitio, para que con ese largo de uñas que tienes, le birles una parte de los ingresos y le cobres así el dolor del parto y las canas verdes que te causó su crianza. Y con el rico dinero que te traerá semanalmente la propia Crisálida, puedes abrir una tienda de géneros o un negocio de ultramarinos en el que te dedicarías a vender caro los matutes que traen al puerto los barcos que llegan de países remotos. Y en pocos meses te convertirías en una tendera próspera, a quien su holgada posición económica le permitiría vestirse sólo con trajes de seda joyante y adornarse con alhajas de alto coste, que andaría por la calle con el cuello tieso y sin responder a nadie el saludo, ni siquiera al culpable de tu fortuna, Criollita sobrada, que te llamaría con cariño por tu nombre de pila: ¡adiós, Diodola, amiguita del alma!, para que te apiades de mí y me regales una sonrisa, pero tú ni la tos.

Ya ves, Criollita, recién cuando te doy razones de conveniencia dejas de fruncir el ceño y muestras en tu rostro una expresión amigable. Sólo que ahora me das la callada por respuesta, porque sigues haciendo girar en tu cabeza la idea de que somos unos roba chicos que tienen la negra intención de quitártela para siempre a Crisálida. Te equivocas. Mestiza sólo quiere que se la alquiles de lunes a sábado. Los domingos por la mañana te la vamos a devolver más inocente que cuando la sacamos de este lugar, porque volverá puesta sus zapatitos de día festivo, sus calcetas blancas con dobladillo y sus trapitos de cristianar, para que nadie diga que está retornando del Vergel del Amor, como se llamará el local que Mestiza inaugura el primero de abril, sino de oír misa en el internado para señoritas donde la pobre muchacha estuvo toda la semana entregada al estudio. Porque tú misma te encargarás de hacer correr la noticia de que tu hija se encuentra estudiando en un colegio de religiosas, para que las acusicas que viven en este barrio de malandrines, echen flores al hablar de ti, Criollita, por ser una madre abnegada que se entrega a tres o cinco estibadores por noche con el noble fin de costear la instrucción de su hija.

O sea que aparte de ganar mucho billete hasta vas a pasar por mujer ejemplar ante los ojos asombrados de tus vecinos. Pero más que por el prestigio o por esa hambre canina que sientes por el dinero, debes acceder porque estás en la obligación moral de impedir que Crisálida cometa tus mismos errores. Empezaste a callejear con Mestiza, y mientras ella supo explotar con sentido comercial sus encantos y ahorró lo suficiente para abrir tres lujosos moteles, tú abandonaste por largos años el oficio para amancebarte con un caballero de industria que después de llevarte a la rastra por las calles de la amargura, se fue dejándote de recuerdo a esa criatura adorable y una historia tan negra con la que se podría escribir un drama para hacer llorar a la gente.

Ahora ya ni suspires, Criollita, porque es muy tarde para remediar todo lo que ha pasado, como dice aquel bolero nostálgico. Lo que puedes todavía recuperar es una parte de los morlacos que tu marido Natalio Sanatás te hizo perder durante siete años con sólo realizar el sencillo encargo que te pedimos. Y ni siquiera te vas a agotar con el esfuerzo, pues lo único que tienes que hacer es sentarla a Crisálida en tu regazo y recordarle que ya tiene diecisiete años y es necesario que se busque un destino para que pueda pagarse el condumio y las pilchas que usa; pero como da la mala casualidad que no hay empleos porque el país está jodido por la crisis económica, una amiga tuya que la conoce de vista y se ha quedado prendada de su belleza, desea darle la oportunidad de contar con un trabajo fijo y muy lucrativo en el elegante motel que posee al norte de la ciudad. Y vas a ver que esa muchacha avisada como una lagartija, apenas termine de escuchar las utilidades que obtendrá en el oficio, va aceptar sin más ni más la propuesta y hasta se sentirá orgullosa de ti por haberla traído al mundo, guapa y con tan buena estrella.

¿Te dije o no que ibas a realizar una comisión simple y de lo más placentera? Por eso no debes rechazar el sabio consejo de este trujamán que exponiendo su vida viene de noche aquí, a los temibles barracones del puerto, a ofrecerte dinero contante y sonante para que dejes de seguir empujando como un escarabajo pelotero el cagajón de una existencia que sólo inspira tristeza.

Después de esta prueba de amistad leal que te doy, ¿sigues todavía dudando del hombre que te protegió con amor cuando trabajabas en El Botecito con el elegante seudónimo de Arria Marcela? ¿Ya no, verdad Criollita? Entonces dame una dulce sonrisa para saber si te encuentras con ese natural alegre y despreocupado de la morocha que conocí hace veinticinco años.

Eso es, así me gusta que me indiques con una sonrisa que estás dispuesta a conversar con más tranquilidad y detalle sobre el brillante futuro que le espera a tu hija.

Del libro Malos tiempos , Ed. San Marcos,
tercera edición (pags. 37-45)









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