martes, julio 04, 2006 

TODO ES UN TIEMPO

¡Fuera, mierda!, me gritaba y decía que en lugar de estar vigilándola día y noche como un cachaco, debería irme a putear a la calle y dejarla tranquila en su lecho de enferma; así, usando esas palabras gruesas, me botaba de la casa, y nada más que por el hábito de hacerlo cada vez que las píldoras y mejunjes de botica le calmaban sus dolores al hueso de la cadera; y llena de furia, con la comisura de los labios manchados de saliva reseca y amarillenta con que amanecía a raíz de su genio bilioso, que se le iba agravando a medida que pasaban las horas y sólo por verme sirviéndola siempre con palabras de amor: buenos días, madre mía, la saludaba con atención, alcanzándole sus bizcochos y el tazón de café humeante, que tenía que tomar libre de azúcar y tres veces al día para que no se le baje la presión ni se le agrave su crisis de nervios; yo amorosa, y usted, hirviendo de cólera, tirando de un manotazo el azafate del desayuno que le servía o negándose a probar las comidas, diciéndome que las echara a la batea de la porqueriza, para que los cerdos blancos que criaba por negocio se aprovechen de ese alimento; y como recompensa a mis buenas maneras, ladeaba la cabeza y ponía el entrecejo fruncido para soltarme los perros bravos de su lenguaje indecente, madre mía, que me hacían temblar de vergüenza y de miedo, con sólo mirar su semblante iracundo y su cabello desgreñado, con que despertaba por la mala costumbre de dormir cubriéndose la cabeza con las cobijas; echándome en cara que era la hija de un maragato de mala leche y por eso le había salido una zorra de siete suelas, y además insolente, así me decía, cuando yo no era más que la apacible sor Ana Sofía del Convento de las Concebidas, que sólo abandona su encierro para ir a comprar en la esquina; lanzándome sapos y culebras desde su lecho de doliente, hasta que se le acababa la saliva y dejaba de hablar; pero sus palabras me entraban por un oído y me salían por el otro, porque no era usted quien hablaba, sino mi madre Deidemia tocada de la cabeza; y por más que me llenara de injurias de todo calibre, el amor paciente era mi aliado y me daba fuerzas para volverme sorda y no prestar atención a sus malas palabras ni a su petición insistente de que la dejara sola entre las cuatro paredes de la casa de alquiler donde vivíamos; diciéndome además que si era lástima el motivo de mis desvelos, que me fuera sin angustia, pues al día siguiente no le iba a faltar un cristiano que le alcance una taza de agua para su sed o un trozo de pan para su hambre, sabiendo bien que a esa clase de cristianos se los comieron los leones en el circo romano, y también que a causa de su caída, ya no podía levantar ni el peso de su alma, madre mía Deidemia, y por ese motivo tenía que darle de comer en la boca, atenderla en sus necesidades y, cuando estaba rabiando, darle su baño de esponja, secarla bien y echarle talco en la espalda para que no se le enllague a causa de la cama dilatada que padecía; todo hecho con el mayor gusto y esmero, porque no era trabajo sino regocijo pasarme las horas sirviéndola sin alejarme más allá de medio metro de distancia de mi puesto de guardia, pues ni bien me iba a preparar algún bocadillo o a cumplir con mis propias urgencias, ya me estaba llamando para alcanzarle el bacín que no necesitaba o el vaso de agua que no bebía, o para limpiarle la boca estragada por la hiel de sus rabietas sin motivo ninguno, y sólo por verme rondando su cama, donde se quedó postrada desde que se cayó en el corredor y se fracturó el hueso de la cadera; sin perder la paciencia ni llegar nunca a pensar en dejarla a su suerte; ¡no, Santo Cielo, cómo voy a cometer ese crimen!, me advertía con susto en el momento que me entraba por error la idea de ponerla en el sanatorio al cuidado de un loquero de esos; ¿y sabe por qué, madre mía?, porque cuando se quiere de veras no se puede vivir separada del ser que nos mueve el cariño, como dice esa canción de amor y que yo cumplí a pie juntillas durante los quince años que vivió privada de la cordura, y, más aún en esos tres meses postreros a su accidente, en que me pasaba las horas sentada en mi silla de guardia, tejiendo y destejiendo la misma labor que tramaba y urdía, y no porque aguardara la llegada de un macho con la entrepierna caliente, como usted me inculpaba con el propósito avieso de herirme, sino porque era un pretexto que inventé con el fin de pasar la mayor parte del tiempo al lado suyo y así pudiera tener una enfermera a su orden, para que le administre sus remedios, le distraiga y acompañe oyendo sin replicar sus discursos que no tenían ni pies ni cabeza y que a veces me sacaban de quicio; sin embargo, ahí estaba, aguantando en mi rincón los embates de su humor tornadizo, que en cosa de minutos le hacía pasar de madre dulce a madrastra amargada y proclive a echar a la calle a la hija unigénita que tuvo cuando se le estaba acabando el periodo de su madurez, y a consecuencia de ello es que llegó a perder la cabeza, según el decir de la gente; a pedirme que me fuera a putear o a entregarme al primer semental que tuviera el pincho parado, usando ese lenguaje que antes no conocía su boca cuando vivíamos carentes pero felices, y usted se dedicaba a su labor de modista; y mientras iba hilvanando un monillo o cosiendo alguna pieza de vestir, con su filosofía de mujer engañada me daba lecciones para esquivar las trampas que el hombre ha sembrado en las calles con el fin de atrapar a las mujeres ingenuas; sabios consejos que escuchaba con atención, madre mía, y pensaba ponerlos en práctica cuando llegara a mi mayoría de edad, hasta esa tarde en que la encontré en el baño dibujando animalitos con su caca y empecé a dudar seriamente de su cordura; y la apacible rutina que fue nuestra vida de siempre se acabó una tarde en que se escapó de la casa y la encontraron por el sendero que lleva al botadero de la ciudad, caminando sin brújula y diciendo que se estaba yendo de viaje a la selva; fue ese día que decidí sacar de mi cabeza las vanidades del mundo y sellar mi corazón para que no entre allí a vivir ningún hombre; y me dediqué a cuidarla con la mitad de mi tiempo y con la otra mitad a ejercer el oficio de costurera, que me dejó en herencia el día que salió al encuentro de la locura; cerrada en mi cárcel hogareña, solamente salía de la casa para ir de compras o para escuchar los domingos la misa de siete, caminando siempre con la cabeza gacha para evitar que una mirada maliciosa y dada a traición por algún hombre, entrara a emponzoñarme el alma; negada a las distracciones mundanas, oía desde mi cuarto solitario la reventazón de los cohetes y la alegría del viento que traía en los días de fiesta el sonido de las orquestas invitando a la gente a darle un alivio a sus vidas, llamando a las muchachas para que esa noche entregaran su cuerpo y su alma a la música; y también llamándome a mí, Ana Sofía de Bonilla Fernández, soltera e hija de Juan de Bonilla, el maragato que pasó por estas tierras sembrando hijos para que se dedicaran a cuidar con devoción a sus madres; como yo lo hice también, sin pensar en placeres ni en juegos, ni en distraerme siquiera mirando por la hendija de mi ventana a los hombres que venían los sábados a darme serenatas a las doce de la noche o para saber quién era el trovador que me estaba queriendo y me traía sus versos de desolación y nostalgia; y aunque usted me enseñó que mentir es como agarrar con mala intención un cuchillo, nunca le conté esa verdad, madre mía, porque juzgué que no era delito oír sin ver una serenata de amor; durante un tiempo, esas romanzas se convirtieron en el recreo donde se holgaba mi vida, hasta que yo misma me encargué de ponerles término, mediante un escrito que hice a la comandancia del puesto, pidiendo que me pusiera una pareja de guardias para espantar a los cantores que estaban amenazando con desviarme del camino que me había trazado; y aunque una pena de abandono y silencio se quedó en mis oídos, me reintegré sin nostalgia a mi arte casero de gobernar la rutina y de ir dividiendo con tino los menguados ingresos que me dejaban el comercio de animales domésticos y la costura; labores que combinaba con mi función de vigilancia, que suspendía a ratos para convertirme en la niñera de mi madre que se le daba por jugar a las muñecas, o en su ayuda de cámara, ocupada en vestirla y adornarla para que asista a la gala benéfica que estaba por darse en su idea o para cualquier otra ocurrencia que se le venía a la cabeza; fantasías que sabía atender con prontitud, porque eran sólo los juegos y papeles del teatro normal de la locura; y una vez terminado mi quehacer habitual, la llevaba a su cama para hacerla dormir cantándole las canciones que me cantó cuando yo era una niña, tan dulces, que mi memoria las recuerda nítidamente como si las hubiese oído el día de ayer; y era feliz, porque su carácter era aún llevadero y podía entretenerme leyendo poemas y novelas de amor, escuchando la radio o echándole una mirada a las marchas y caravanas de los circos que desfilaban por nuestra calle derecha en la fiesta de julio o en el aniversario de la ciudad; todas ellas, distracciones sencillas que me libraban del tedio, madre mía; pero mi fiesta grande era el carnaval; desde el miércoles de ceniza esperaba con paciencia que acabara el año y llegara el domingo de carnaval para ver la entrada de las cuadrillas de músicos que pasaban abriendo el desfile con sus guitarras y acordeones, con sus violines y arpas, cantándole a la vida pasada y a la vida presente, entonando cada año los versos del pasacalle dolido: “Cuando me vaya, cuando me ausente/ tendrás presente de no llorar”, que me despertaba siempre un sentimiento de pesar y de culpa, imaginando que esos versos de su desengaño los había escrito el poeta para que me los cantaran a mí; durante dos horas me quedaba viendo el avance de los guapos jinetes disfrazados de chalanes que iban en sus caballos de paso, de los cabezudos y saltimbanquis, de las ballenas y pavos reales, de los caballitos de mar y de cuanta imagen de animal de aire, mar y tierra se podía recrear sobre un armatoste de ruedas; y para aplaudir al final a las reinas de belleza que pasaban en el podio más alto de las carrozas multicolores, cerrando el espléndido desfile; el carnaval era mi oasis, madre mía, el suceso que amenizaba una vez al año la aridez de mi rutina; pero así como discurría la música y la alegría impar de las carnestolendas, sin que pudiera verlo, por detrás de ellas pasaba también la fanfarria del tiempo invisible, retocando cada año la fiesta, cambiando a su capricho los personajes del carnaval por otros que no tenían ese toque de ayer que le daba su versión de nostalgia; entonces poco a poco le fui perdiendo el interés a la fiesta y acabé por sumarme al desfile de los años baldíos, al trance de su vida que siguió durante un tiempo en su curso habitual hasta la mañana de esa infausta caída que la dejó inmovilizada en su lecho; fueron tres meses de tortura y delirio que acabaron en la mañana de un doce de mayo, cuando entró en un sopor parecido al coma y expiró a causa de una traicionera y mortal neumonía; fue ahí cuando su vida desvariada empezó a hacerle falta a mi vida; durante un año me resistí al hecho de haberla perdido, y en los días en que mi angustia era más densa, la convocaba en voz alta para que huyera de la muerte y con toda su locura de ayer volviera a mi lado; tocaban a la puerta y creía que era usted retornando del silencio o de pronto la escuchaba llamarme con un grito lastimero, pero cuando iba a su habitación para ponerme a su orden, era sólo el fantasma que creó su sufrir el que se quejaba otra vez en el cuarto vacío; entonces huía de la casa y su memoria para ir a buscarla en el lugar de su destierro; me hincaba en el suelo y le rezaba con fervor a la cruz que puse en su tumba y que cerqué con cardo santo y ramas de huarango, a fin de que los pobres que bajan de los cerros a robarse las cruces de palo para hacer su candela, no se llevaran la suya, dejándome desorientada, sin saber bien si en lugar de mi madre le estaba rezando y llorando a un muerto ajeno; y después de hallar un poco de calma, me iba dejando una flor humilde en esa fosa común donde estuvo en un comienzo, porque mi pobreza me impidió que le diese un mejor destino a su muerte; hasta un día lunes, en que vi a unos obreros excavar los sepulcros para sacar los huesos de los muertos antiguos, con el fin de quemarlos y tirar después sus cenizas en el bote de los desechos; me llené de espanto, madre mía, al ver esa acción y suponer que eso mismo podía ocurrirle el día que ya no estuviera; por eso decidí darme día y noche a mis labores de costura para rescatarla del hueco de tierra y llevarla a descansar en un pabellón de ladrillo; una ilusión que hice realidad y que por desgracia sólo me duró unos meses, pues cuando llegaron las lluvias de invierno, el agua empezó a correr por el terreno en declive y a meterse en los nichos del primer piso, anegando las tumbas; por ese motivo tuve que ahorrar dos años más para subirla al tercer piso, y otra vez el mismo periodo con el fin de cambiar su nicho de provisional a perpetuo, para que sus restos se quedaran allí, para siempre al abrigo de la lluvia y del tiempo; y por un año más todavía continué en mi cruzada para que pudiera tener su lápida de mármol con la imagen de la Virgen Dolorosa y su Hijo, tallada en alto relieve; y a los siete años de mi empeño, pude recién suspirar con alivio y decirme: bien, Ana Sofía, ahora ya puedes descansar porque ha concluido tu obra; y eso hice, madre mía, durante una semana reposé de mis penas recientes y antiguas, y me di un respiro paseando por las calles hasta que me ardieran los pies y se me doblaran las rodillas, pues si no me echaba a dormir muerta del cansancio, los rezagos de mi juventud que creí haber echado al olvido, se levantaban de su letargo a pedirme cuentas de lo que hice con mi vida; pero una vez que pasó ese tiempo, el ayer empezó a vencerme y la nostalgia acabó por hacerme su presa; fue entonces cuando me puse a revolver el baúl de los recuerdos perdidos con el fin de encontrar las cartas sin fecha ni firma que me enviaron mis pretendientes anónimos, los mensajes galantes de las serpentinas de algún carnaval que guardé y que cayeron por accidente o intención a mis manos, la lisonja de los hombres de paso que me abordaron cada vez que me veían salir de la iglesia, y el vals de los noctámbulos que se detuvieron frente a mi ventana para traerme sus serenatas de amor; y, junto a ellos, rescaté la voz del solista que apareció cuando se dispersaron los tríos y cuartetos de trovadores, y que llegaba por cautela sólo los días viernes para hacerme oír las mulizas de su desilusión e irse después apagando su voz a medida que se iba perdiendo en la distancia; y el recuerdo es una fiebre que desvela, madre mía, pues cuando volvían esos imágenes a mi memoria, me amanecía sentada en la cama, imaginando con pena mi vida que pudo ser y no fue; entonces me entraba en el alma el deseo irreprimible de que el pasado volviera, que ese hombre que le cantó a mi vida, se parase otra vez frente a mi ventana y después de entonar las penas de su corazón solitario, entrara sin permiso a consolarse en mi aposento de soltera, donde yo lo iba a esperar con impaciencia, para que me ayude a desfogar la lava de pasión que tenía contenida en el volcán de mi vientre; y fue entonces cuando una extraña afición por los hombres entró a trastornar mis instintos, a sacarme a las calles para buscar por sospecha o por cálculo a los trovadores que pudieron haberme cantado, y que me quisieron o pudieron haberme querido; y me volví mujer de la calle que iba por ahí con la entrepierna caliente, sonriendo y desafiando a cualquier hombre con la misma mirada e insolencia con que lo haría una zorra, para que se atrevieran a hacerme una proposición deshonesta y me llevaran después adonde quisieran, al filo de cualquier abismo, para hundirme en el vacío de la pasión y la locura; durante meses caminé así por las calles de la noche sin conseguir otra cosa que el comentario adverso de la gente que hablaba de mí cada vez que me veía pasar pintada de colorines, puesta mi blusa de escote y mi falda por encima de las rodillas: “¿Qué pasa con Ana Sofía?”, las oía decir, “¿No habrá perdido el juicio igual que su madre?”, “¡Qué va, si la locura no se hereda!”; y pese a las críticas que escuchaba a diario, seguí saliendo perfumada y con el rostro cubierto de afeites, en pos de mi cosecha tardía; hasta ayer en la noche, en que me paré frente al espejo de cuerpo entero de nuestra salita de costureras, para observarme desnuda, y me vi parada ahí con mis treinta y siete años de vida no usados por ningún hombre, con los senos duros, la piel todavía tersa y el cabello brillante, pero con el alma marchita y los ojos apagados por una existencia que se fue amarillando como un jardín en la sombra, por falta de sol y de aire, pero más que nada, por no haber tenido un jardinero que se dedicara a cultivar el vergel de mi vida, para que pudiese echar siquiera una flor; esa flor roja que ansié y debí coger para mí, a sabiendas de que la vida no dura, que la muerte puede llegar mañana; entonces recordé que una tarde en que el desvarío le dejó volver por unas horas al dominio de su juicio, se puso a comentar de las cosas del mundo y a decir que todo es un tiempo, y yo, creyendo que expresaba mal esa idea, la corregí diciéndole: no, madre, querrá decir que todo es por un tiempo o que los plazos del mundo se acaban y que la gente vive sólo los momentos fugaces que le toca vivir; pero no, lo que intentaba decirme era que todos los tiempos se dan de una vez, que no hay pasado ni futuro, sino un solo tiempo presente, que nace y muere de manera incesante, arrastrando al mismo tiempo el pasado que fue y el futuro que podrá ser algún día; y recuerdo también que después de pronunciar aquella frase, se puso muy triste y bajando sus hermosos e intensos ojos pardos que tuvo, agregó que la única esperanza que le quedaba en la vida era la muerte.

Por eso he vuelto a usted, madre mía Deidemia, cansada de esperar al hombre que no llega y al otro que tampoco vendrá; a golpear su lápida con mis nudillos y perturbar su calma en esta hora temprana en que puedo estar a solas con usted y contarle los hechos que no llegó a conocer, porque la locura no oye ni ve bien ni tampoco tiene memoria; y asimismo para desahogar un poco mis cuitas que le refiero en voz alta, a fin de que me escuche y sepa que aún estoy viva, amándola como siempre lo hice, esperando que ocurra lo que tenga que ocurrir, en tanto llega la hora de ir al lugar donde ahora se encuentra y así pueda seguir cuidándola más allá de la muerte, hasta donde sea capaz de durar la eternidad.

Del libro La muerte puede llegar mañana,
Ed. Universidad Ricardo Palma, (pags. 15-23)









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